El cambio es probablemente aquello a que más tememos. Tenemos miedo
a cambiar, a entrar en lo desconocido, a que un cambio de rumbo nos
conduzca a un lugar tenebroso, hacia la incertidumbre y en último
término, hacia la muerte. Que, a su vez, es el cambio
más importante que nos ocurrirá en nuestra vida. Siempre tratamos de
prepararnos para esos cambios, de estar mínimamente entrenados para
sobrellevarlo, pero lo cierto es que cuando irrumpe, siempre hay algo de
imprevisibilidad, por pequeño que sea ese cambio.
En el cine de terror, esa analogía entre miedo y cambio siempre
está presente, y de hecho -al menos desde mi experiencia personal- es la
primera vez que nos acercamos a una película terrorífica cuando más nos
asustamos. En posteriores ocasiones ya dependerá
de la atmósfera de la película, de la habilidad de cada uno de los
directores para conseguir sugestionarnos y modificar nuestro estado de
ánimo, pero es esa “primera vez” cuando el impacto contra lo imprevisto,
contra lo extraño, contra lo que se sale de lo
normal -lo monstruoso en definitiva- lo que nos deja huella. Nuestra
piel se eriza cuando entramos en casa de los MacNeill en El exorcista, o
cuando Gilbert Kane se acerca a ese embrión humeante y viscoso de
Alien, el octavo pasajero. Sabemos que algo va a
ocurrir, se va a producir un cambio, pero no sabemos el momento. Y eso
nos desconcierta, nos aturde e incomoda, pero a la vez, se produce una
curiosa relación entre agresor y víctima. Nos gusta ese cambio, después
de todo. Al menos, nos gusta sentirnos incómodos,
desconcertados, asustados. Nos gusta mirar a la muerte, y pensar que
por un momento -la duración de la película- hemos vencido. Y ese juego
entre espectador y muerta nos engancha, nos narcotiza, y volvemos, una y
otra vez, a sucumbir de nuevo ante las propuestas
de cambio -y normalización posterior- que nos promete el cine de
terror.
por Octavio López Sanjuán
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